Cada vez que hago clase me gusta observar a mis alumnos, tratando de inferir en qué están pensando en ese preciso momento... cuando les hablo, cuando leen, cuando están realizando una actividad.
Me he dado cuenta, muy a mi pesar, que a la hora de dar instrucciones, o de analizar un tema, o cualquier actividad, siempre prefieren que lo haga oralmente. ¿Será mi voz, mi simpatía, mi entusiasmo...? Nop... no tardé en darme cuenta que yo no tenía nada que ver (jaja), simplemente (aunque no es tan simple) no comprenden lo que leen. No importa cuán detalladas estén las instrucciones, el relato o cualquier texto que lean, si es en Google, la plataforma del Liceo o si es una fotocopia, si no tienen el apoyo verbal del profesor la incertidumbre los abraza, la confusión... el desencanto... Muchos optan simplemente por no leer… no leer… extremo, pero efectivo.
¿Qué hago? ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué me falta por hacer? Tres grandes preguntas en sólo un segundo. Y comienza una película en mi cabeza que muestra todas las consecuencias de lo anterior: no hablan bien, su vocabulario es reducido, escriben peor de lo que hablan, bajas notas, (¡¿cómo estudian?!)… todo en un segundo.
En alguna tarde de reflexión más profunda, no puedo evitar pensar que los alumnos que observo cada clase viven en un universo frío, que la pasión de un mundo encantado en la lectura es sustituida por el éxtasis de las imágenes, por el exceso de información, por la frialdad de un mundo desilusionado debido al incremento de la comunicación que, paradojalmente, acaba con todo punto de vista. Tanta información visual ha tornado a la lectura como algo antiguo, arcaico, así como al profesor que trata de incentivarla. ¿Qué hacer entonces para mezclar ambos mundos? Porque sí, somos el nexo...
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